Poema

zzzz_aleph

Hubo un tiempo en el que jamás abandonaba mi modesta biblioteca doméstica sin antes leer en voz alta un par de poemas. A veces era Milosz, otras mis queridas Szymborska o Peri Rossi, en ocasiones el verso duro y tenso como un nervio de carne de Raymond Carver. De camino al trabajo conseguía ripiar un par de pensamientos que apuntaba en una libretita en cuanto llegaba a la oficina. Seguía algunos blogs de poetas prometedores. Abundaban en aquella época. Compraba un par de libros de poemas al mes, los leía con calma y moderación, con el temor que se siente por las cosas hermosas y volátiles que tienden a evaporarse demasiado pronto. Pálidos poetas en televisión hablaban en “prime time” de sus poemas como vacunas contra las más terribles enfermedades, como nuevos planetas de lejanas galaxias.

Hubo un tiempo, camaradas jugadores –y vosotros deberíais entenderlo mejor que nadie- que aún sentíamos el estímulo –como ya adelantara Kant- de alcanzar la humanidad elevando a categorías superiores actividades inútiles, desprovistas de finalidad. El juego. La poesía. Y entonces Borges. Siempre Borges. Explicando lo inexplicable. Dando sentido a lo que kantianamente no lo tiene.

Cuarenta naipes han desplazado a la vida.
Pintados talismanes de cartón
nos hacen olvidar nuestros destinos
y una creación risueña
va poblando el tiempo robado
con floridas travesuras
de una mitología casera.

En los lindes de la mesa
la vida de los otros se detiene.
Adentro hay un extraño país:
las aventuras del envido y quiero,
la autoridad del as de espadas,
como don Juan Manuel, omnipotente,
y el siete de oros tintineando esperanza.

Una lentitud cimarrona
va demorando las palabras
y como las alternativas del juego
se repiten y se repiten,
los jugadores de esta noche
copian antiguas bazas:
hecho que resucita un poco, muy poco,
a las generaciones de los mayores
que legaron al tiempo de Buenos Aires
los mismos versos y las mismas diabluras. 

“El truco”. Jorge Luis Borges.

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