Mapas

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Os prometo que mi primera intención al comenzar a escribir este post fue hablar de juego y estética. De Deleuze. De la belleza que encierran muchos juegos de mesa. Ello me llevó a pensar en algunos tableros de juego que alcanzarían su ser-en-potencia aristotélico en museos de arte más que sobre mesas de camilla. Tableros que me provocan lúbricas humedades en determinadas oquedades del cuerpo. Desde aquel pensamiento me trasladé mentalmente a algunos de los preciosos mapas sobre los que creamos y arruinamos imperios, sobre los que navegamos en busca de oro y fortuna, sobre los que vivimos increíbles aventuras atravesando pantanos y bosques, montañas y desiertos. Mi siguiente pensamiento fue Stannis follando salvajemente con Melisandre sobre la mesa-mapa de Poniente en Rocadragón. Los senderos de la mente son inescrutables. Los de la libido aún lo son más. Sin embargo cualquiera que hubiera conocido mi fascinación por la cartografía -y las mujeres pelirrojas- habría seguido con meridiana claridad el hilo de mis pensamientos hasta acabar espetándome: “Zagorianski, deja de engañarte, jamás te atreverías a poner en peligro la integridad estética de un mapa como ese. Aún tratándose de la sacerdotisa roja”.

Y probablemente estuviera en lo cierto. Desde niño he sentido una irresistible atracción por los mapas. En la que fue mi habitación hasta los 17 años se amontonaban sobre los estantes atlas, mapamundis y globos terráqueos. Conservo cada plano de cada ciudad que visito, colecciono tazas cartografiadas, sueño con algún día decorar las paredes de casa con gigantescas cartas náuticas de vinilo y guardo enrollado en un armario un precioso mapa antiguo en tonos sepias que por su tamaño probablemente pertenezca a un trozo de las ruinas de aquel otro del Imperio citado por Borges, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Lo curioso es que muchos de vosotros ni siquiera enarcareis una ceja de asombro o incredulidad al leer semejante disparate. Diría más: muchos de vosotros habréis apuntado en vuestra libreta de buenas ideas lo de las paredes decoradas con cartas náuticas. Incluso me atreveré a más y afirmaré que es hasta humano sentirse atraído por el arte de la cartografía. Hay algo mágico, de inexplicable y placentero embeleso en el hecho de desplegar un mapa sobre la mesa, de recorrer continentes con el dedo mientras giras el globo terráqueo que te regalaron al tomar la primera Comunión. ¿Quién de vosotros no abrió alguna vez un atlas con la sana intención de buscar un dato concreto para acabar más que perdido, abandonado al éxtasis de longitudes y latitudes? Un atlas, diría Didi-Huberman, no es  un libro de lectura que se comienza y se acaba sino un objeto que se recorre en busca de un dato preciso, pero una vez conseguido éste, se sigue, como paseando, por sus innumerables bifurcaciones. Una de sus magias es que es más que un libro de saber: es también un libro de placer. Representa el placer invisible que buscamos de forma casi inconsciente desde el comienzo de los tiempos. Es el placer de ordenar el caos. Ese placer que trata por todos los medios de poner límites al desasosiego que nos provoca todo aquello que escapa a nuestro control, que  hace que nos sintamos perdidos en un mundo definitivamente demasiado complejo, demasiado vasto y azaroso para ser controlado. Es ese cotidiano aguijonazo de placer que nos recorre la médula cuando en mitad de ciudades ignotas abrimos el google maps de nuestro teléfono de última generación (o el sencillo plano de nuestra Lonely Planet) y al caos le nacen direcciones, esquinas, plazas, avenidas, Burger Kings. Esa es la verdadera magia de los mapas. Ahí reside su auténtico poder. El que intuimos en el acto casi sagrado de extender un mapa sobre la mesa. El que sintieron, aún más vivamente si cabe, reyes, aventureros, generales, conquistadores, emperadores del pasado cuando los mapas eran verdaderos objetos de poder, valiosos secretos de Estado y se mataba, traicionaba, pagaban inmensas fortunas por su posesión y conocimiento. Tras cada milímetro de costa dibujada, tras cada centímetro trazado de río, calle, desierto, montaña, cabo, están las penurias, la denodada lucha contra los elementos, las aventuras y desventuras, la infinita curiosidad, las vidas perdidas de miles de navegantes y aventureros. Es probable que el ojo poco avezado no sea capaz de verlo, de racionalizarlo, de verbalizarlo. Pero es imposible escapar a la intuición, al sentimiento inexplicable que aparece cada vez que nos sentamos frente a esas líneas que ordenan y dan forma a la realidad, que nos han enfrentado a lo largo del tiempo como ante un espejo a nuestra visión del mundo, a nuestros sueños de viajes y aventuras y a nuestros más profundos temores. También a nuestras ensoñaciones más húmedas. Los guionistas de la HBO lo sabían. Malditos.

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Tranquilos, amantes y depravados viciosos de las listas y los top ten, no pensaba abandonaros a vuestra suerte sin haceros partícipes de mi top cinco en cuanto a mapas de juego se refiere. Obviamente esta lista responde a mi limitado conocimiento de jugador por lo que no sólo os agradecería sino que os conmino a que lubriquéis mis más obscenos sueños con otros deliciosos mapas de juego de los que tengáis conocimiento.

En el nº 5.  Virgin Queen. Los colores, la tipografía, las siluetas imperfectas de mapa de la época lo convierten en uno de mis favoritos. Podría decirse que lo compré en un arrebato de amor. Un amor -como todos los grandes amores- que exige dedicación, esfuerzo, sudor y lágrimas. E incautos. Sobre todo incautos que se dejen apresar durante horas alrededor de una mesa víctimas de la pasión de una época fascinante o en su defecto de una amistad llevada más allá de todos los límites. Juego enorme en todos los sentidos.

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En el nº 4. Merchants and Marauders. El color turquesa de las aguas del Mar Caribe es casi tangible. Acércate lo suficiente al tablero. No huele a cartón. Huele a salitre, ron, madera, fruta exótica madurando al sol, a promesa de refugio en escondidas ensenadas. Huele a rumor de increíbles tesoros esperando en las tabernas de Port Royal.

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En el nº 3. Lyssan. Probablemente no sea el tablero más práctico del mundo. Los colores son confusos y las áreas no demasiado claras, pero hablamos de arte y no de menaje de hogar. Y el arte gráfico de este mapa es sencillamente fantástico. Capaz de sumergirte por si solo en las intrigas y batallas de la Edad Media. Probablemente engrosaría mi colección de no ser porque ya cuento con estupendas opciones como Caballeros Guerreros y sobre todo Juego de Tronos. Mención especial también para el arte cartográfico de este último aunque claro… no es la mesa de madera de Stannis…

Lyssan

En el nº 2. La Guerra del anillo (edición de coleccionista). Otro de los fragmentos del mapa de Borges. Hay una palabra para definirlo: grandioso. En su día renuncié a él con el mismo entusiasmo que Bilbo a su anillo. La expresión “estar a un click de comprar algo” define perfectamente la situación en la que me hallaba una tranquila y ya lejana tarde de verano. Finalmente me decidí por su hermano pobre. De haber sucumbido a la tentación de aquella tarde de verano muy posiblemente hoy luciría en casa tal que así.

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En el nº 1. Colonial: Europe’s Empires Overseas. No hay duda alguna. Es el mapa más bonito que jamás haya dado vida a un tablero de juego. No admite discusión. Aunque me considero de naturaleza estoica no sé cuánto tiempo más podré resistirme. Y si lo he hecho hasta ahora es porque las malas críticas al juego sólo son equiparables a la belleza de su mapa. Y ya sabéis cómo acaban estas batallas. En un lecho de plumas, sudoroso y desnudo, oliendo a sexo y cigarrillos, abrazado a las suaves costas de Ceylan, plácidamente dormido en las aguas opalinas del Golfo de Mannar y sesenta euros menos en el bolsillo.

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