¿Por qué

por qué

Cada día camino hasta el trabajo durante 15 minutos. Casi al inicio del trayecto, en la pared de uno de los callejones que atravieso hay un graffitti de letras irregulares que reza: “¿Por qué”. Probablemente sólo sea el comienzo de una frase más larga que capas posteriores de pintura han ido ocultado con el tiempo. Sin embargo, allí quedaron aquellas dos palabras, aquella pregunta inquietante e inexorable sobre el muro como el acertijo de un viejo guardián de la cripta. Tras él me aguardan 10 minutos de reflexión sobre alguno de los infinitos porqués de mi vida. Muchos pensaréis que es un ejercicio de meditación saludable y probablemente lo sea. No lo niego. Pero también os digo que en muchas ocasiones no es un ejercicio fácil, ni cómodo, ni particularmente esperanzador. Y si os tengo que ser totalmente sincero debo confesaros que en mis peores días procuro evitarlo y escojo un camino alternativo, algo más largo pero, sin duda, menos desazonador.

No obstante, por duro que pueda resultar a veces, conviene escrutar las motivaciones de nuestros actos con el fin de ponderarlos adecuadamente. Preguntarnos porqué hacemos esto o lo otro nos ayudaría a valorar la importancia que tienen en nuestras vidas y en consecuencia a concederles el tiempo que verdaderamente merecen, a priorizarlos o también, y aunque nos duela en ocasiones, a cambiarlos, descartarlos, olvidarlos. Llegados a este punto poner ejemplos podría ser hasta peligroso. Para todos.

Imagino que muchos de vosotros ya lo habréis adivinado. Efectivamente. En los primeros dos párrafos lo único que he hecho es llevaros hasta él. Estáis a punto de entrar en el callejón. Ha llegado el momento de elegir entre el trayecto algo más largo y tranquilizador o enfrentaros al graffitti. En serio, aún estáis a tiempo. Dad la vuelta, seguid por aquella calle amplia y luminosa y todo esto sólo habrá sido una mala lectura ¿Estáis seguros? Bien, entonces seguidme. Es por aquí, justo al doblar aquella esquina…

¿Por qué jugamos?

Oh, no, no… No me vale ese “porque me divierte”, ni aquel otro “porque lo paso bien”. Nada de triturar ese “¿Por qué” y aplicarlo como crema con olor a hoja de eucalipto sobre el pecho. Coged vuestras navajas, afilad bien las esquinas y bordes de ese “¿Por qué” hasta que se hunda con facilidad en vuestra carne, bien profundo… hasta que duela.

Eso está mucho mejor. Aún así, yo que he transitado más veces por este callejón, os ayudaré un poco. Pensad, por ejemplo, en ese jefe que os putea cada día de la semana, en ese trabajo que nunca llegasteis a elegir del todo o que en este momento ni siquiera podéis elegir, en esa hipoteca que os quita el sueño cada fin de mes, en la mujer u hombre que descansa cada noche a vuestro lado y que ya no amáis, pensad en todos esos sueños que se han ido perdiendo con los años y que probablemente ya jamás volveréis a encontrar, en esa pequeña opresión en el pecho que os impide respirar con normalidad y que no os atrevéis a consultar con el médico, en esa -más o menos fugaz- sensación de vacío que os asalta algunas mañanas cuando os miráis al espejo…

Ya os advertí de que no sería fácil. El callejón casi siempre te conduce a verdades tan descarnadas como esta:

Jugamos para combatir nuestra cotidiana infelicidad.

El tiempo de juego es una pequeña llama que hace retroceder la oscuridad a nuestro alrededor, el juego funde la realidad que nos acecha en una sustancia sin tiempo ni espacio, liviana y gozosa, que se adhiere a nuestro cerebro creando reductos luminosos que nos aíslan de las sombras de infelicidad exterior y a los que siempre podemos volver cuando el frío y el viento azoten las ventanas.

Contaba Jorge Amado, famoso escritor brasileño, en uno de sus relatos, que existía en Tiflis un cementerio donde el tiempo de vida de los fallecidos no coincidía con el tiempo –sensiblemente superior- transcurrido entre las fechas de nacimiento y muerte reflejadas en sus lápidas. Intrigado por la reiteración de errores se dirigió a uno de los sepultureros a lo que este le respondió: “sólo vivimos el tiempo en que somos felices, sólo vivimos el tiempo en el que amamos”. Y yo añado: juguemos, camaradas, juguemos, arrebatémosle a la vida momentos de felicidad. Qué nadie pueda decir, una vez muertos, frente a nuestra lápida, lo poco que vivimos.

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