La Pasión

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Aquellos juegos de mesa se fueron extinguiendo a medida que me adentraba en el laberinto en blanco y negro de 64 escaques. No fue algo premeditado, simplemente acabó devorándolos, como hizo después con otras muchas cosas, como habitualmente hacen las pasiones que son demasiado grandes.

Recuerdo perfectamente el día que aprendí a jugar al ajedrez. Yo era uno de esos niños que se quedaban a comer en el colegio a mediodía. De los que envidiaban el fresco olor a agua de colonia que traían a las 3 los niños que volvían recién peinados de sus casas a la escuela tras la comida. La lluvia de una de aquellas tardes hizo que me refugiara en la biblioteca. Allí, sentados frente a frente, en silencio, unos cuantos chicos mayores jugaban al ajedrez. Atraído por la curiosidad, cogí una silla, me senté junto a  una mesa y estuve observándolos jugar hasta la hora de entrar a clase.  Si el hombre que soy hoy nunca ha sido inmune a la belleza imaginad a un niño de nueve años contemplando aquellos ejércitos de la luz y las sombras esculpidos en madera sobre un precioso campo de batalla a cuadros negros y blancos. Entenderéis que me enamorara perdidamente. Y que poco más tarde me enamorara también del juego. De esa sensación de poder que sólo puede darte un caballo sobre una colina mientras ordenas a la Guardia Imperial que ataque el flanco derecho enemigo o un caballo de madera barnizado dando jaque doble a los reyes rivales. De la indescriptible emoción de ver reflejado, paso a paso, movimiento a movimiento en un campo de batalla, sobre un tablero, el astuto plan que antes habías diseñado sobre el mapa de tu mente para dar muerte al rey enemigo. De que tus oponentes te temieran como se temía a un gran general cuando se sentaban al otro extremo del tablero. De que los compañeros hablaran de tus hazañas, de aquella brillante combinación de alfil y caballo que desarmó la defensa rival. Imaginad de nuevo a aquel niño de 9 años con cierto talento para mover ejércitos sobre un tablero en mitad de ese mundo y entenderéis cuánto llegué a amar el juego. Durante muchos años se convirtió en una parte importante de mi vida. Pensaba ajedrez, leía ajedrez, escribía ajedrez, estudiaba ajedrez. Y jugaba, jugaba, jugaba. Jugaba obsesivamente. En poco tiempo me convertí en un jugador respetado. Desde los 9 a los 12 años gané con cierta facilidad campeonatos escolares y regionales en los que me enfrentaba a niños de edades parecidas a la mía. Fue entonces cuando decidieron que era el momento de sacar al aguerrido pececito de su pecera y echarlo al mar. A un mar infestado de experimentados tiburones.

Siempre he dicho que el ajedrez es como una lanceta de modelar. Pocos juegos – el póker tal vez sea uno de ellos- son capaces de labrar tu carácter de esa forma. El juego te hace. El juego te erosiona. Obviamente no es algo de lo que te des cuenta inmediatamente. Hace falta alejarte de él, tomar la suficiente distancia, reflexionar el tiempo necesario para darte cuenta de ello. De aquel jugador de 9 años amante del juego abierto de ataque y de las combinaciones imaginativas y arriesgadas a aquel jugador veinteañero de juego conservador y defensivo hay un largo camino. Y ambos, el jugador y el hombre lo recorrieron juntos de la mano. Imposible que el uno no influenciara al otro. Lo habréis oído en decenas de ocasiones y no por ello deja de ser menos cierto: vives como juegas.

Hay un día que todo jugador de ajedrez teme: el día en el que es plenamente consciente de su mediocridad. Yo lo supe casi inmediatamente. En cuanto comencé a nadar en ese despiadado mar de tiburones hambrientos. Mi brillante juego de pecera era vulgar en aquel océano repleto de temibles depredadores. Aún ganaba partidas, claro, en mar abierto siempre encuentras peces más pequeños, pero también empecé a perderlas. Con insufrible asiduidad. No estaba acostumbrado a perder, a no disfrutar de las partidas, a que el contrario, una vez acabado el juego, señalara mis errores con odiosa indulgencia. Pero sobre todo no soportaba perder. Fue mi aversión a la derrota, el orgullo herido, lo que me llevó poco a poco a transformar mi juego. Ya que no podía ganar, iba a convertirme en alguien terriblemente difícil de derrotar. Y así fue. Me esforcé en estudiar posiciones de defensa sólidas, reduje los riesgos al mínimo, horadé el ánimo de mis oponentes con un juego tan fortificado como falto de brillantez. Me convertí en un competidor feroz al que resultaba complicado arrancarle victorias y con el que era bastante fácil acordar tablas. Aún hoy, a la hora de tomar decisiones en mi vida cotidiana, me sorprendo actuando como aquel jugador de ajedrez. Se trata de no perder. La victoria poco importa. El ajedrez como el viento y el agua erosionando durante años mi carácter.

Sin saber cómo fui perdiendo la antigua pasión por el juego. Pero la respuesta era muy sencilla. En ese proceso de transformación al que me había arrastrado mi orgullo había perdido también aquel juego abierto de ataque con el que tanto disfruté de niño y que tan feliz me había hecho, aquel que hacía de cada partida una gesta épica y emocionante. Perdí su belleza. Y el amor se acabó. Lo dejé. Lo dejamos. No he vuelto a jugar una partida desde entonces. De cuando en cuando me cruzo con algún artículo especializado y me resulta inevitable no leerlo, como inevitable me resulta no volver la vista hacia el tablero que comparten dos ancianos en un parque o dos amigos en una peluquería de barrio a través del escaparate. Los grandes amores nunca se olvidan.

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4 comentarios en “La Pasión

  1. anda a mi me paso algo muy parecido. Entiendo perfectamente eso que dices de la solidez, del miedo a perder. A jugar a lo clemente. ahí es donde vi que es cierto que el ajedrez revela personalidades y la mía era mezquina. Así que preferí aborrecer el ajedrez antes que a mi mismo.

    Gran texto.

  2. .. Yo deje de jugar al ajedrez cuando tenia de empezar a estudiar ajedrez… decidi que “no era divertido”.. y aqui estamos. Ahora solo juego a los juegos que me divierten ¿es malo doctor?

    ACV 8)

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