El Talismán de Proust

bigbang

[…]Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray […]

Muchos de vosotros reconoceréis el fragmento. Aquel inmortal en el que el narrador de “Por el camino de Swann” evoca vívidamente instantes de su infancia al comer una magdalena mojada en té asociando su sabor, su aroma, su textura a aquellas otras que, cuando era niño, su tía Leoncia le ofrecía cuando entraba en su cuarto los domingos por la mañana antes de ir a la iglesia.

Todos los que ya rebasamos ampliamente la edad de la inocencia hemos experimentado alguna vez esa sensación. Pudo provocarla el intenso olor de la loción de afeitado de un anciano que nos cruzamos en un paso de peatones, el sabor de los tomates que la dueña de una casa rural nos ofrece como desayuno en un remoto pueblecito del sur o la textura de la luz de un atardecer durante un paseo por la montaña. Puede ocurrirte en cualquier momento. Puede desencadenarlo casi cualquier cosa. Yo volví a morder de la famosa magdalena hará cosa de dos años. Fue una tarde frente al televisor, viendo a cuatro amigos charlando de forma desenfadada sobre la vida alrededor de un tablero de Talismán.  Duró lo que dura un grito, fue tan intenso y fugaz como el resplandor de un disparo en la oscuridad iluminando nítidamente la casa blanca bajo la canícula del mediodía, la fragancia casi amarga de los tres rosales del pequeño jardín delantero, el frescor del suelo de mármol bajo los pies, del cristal de la mesa redonda en los brazos desnudos y tostados por el sol, el azul intenso del cielo de las infinitas mañanas del verano, la textura sedosa del polvo de las aceras adherido a las cartas en las yemas de los dedos, el cosquilleo de las burbujas de la coca-cola helada en la lengua, los mapas de cartón de mundos tan reales que cuanto ocurría sobre los mismos henchía el corazón de gozo o de pesadumbre y por encima de todo las risas, las burlas, las aterradoras amenazas, la tensa e inigualable sensación en la boca del estómago ante la inminente victoria, la camaradería, las sorpresivas tetas de la vecina de la calle de atrás, el último capítulo del coche fantástico, Maradona dejando en el camino a tanto inglés, el este turno por mi y el próximo por ti, las torpes traiciones, el rumor apagado de los dados entre las manos, la sutil tentación del engaño y la trampa, el continuo espacio-tiempo derritiéndose a nuestro alrededor, todo eso, amigos y juegos, que va tomando forma y consistencia, salía de las imágenes de aquel televisor.

Aquellos recuerdos me reconfortaron de tal modo que tras unas pocas pesquisas en internet para averiguar el nombre del juego al que jugaban aquellos cuatro amigos de la serie de televisión, salí a la calle, busqué una tienda cercana y compré un flamante Talismán. Subí a casa portando aquella caja y en esta ocasión fue el peso, la geometría de aristas y volúmenes lo que trajo de nuevo el grito, el fogonazo y Navidades, cumpleaños, días de Reyes, sobresalientes en matemáticas desfilaron en mi memoria… Retiré con cuidado el fino plástico protector, abrí lentamente la caja y una vaharada de olor a cartón y plástico vírgenes me los devolvió a todos de un golpe: Heroquest, Dagón, Trivial, Palé, Hotel, Imperio Cobra, Monopoli, Risk, La ruta del tesoro, Marco Polo, Misterio, Sinaí, Embrujada, El cetro de Yarek, La maldición del templo de Cristal, Alerta Roja, Lepanto…

No recuerdo con exactitud cuándo se perdió aquel jugador. Sí recuerdo el laberinto en blanco y negro y 64 escaques en el que debió extraviarse. Tuvo que ser Proust encarnado en los dedos huesudos de Sheldon Cooper moviendo a su troll por un tablero rectangular quien lo hallara de nuevo.

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2 comentarios en “El Talismán de Proust

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