Poema

zzzz_aleph

Hubo un tiempo en el que jamás abandonaba mi modesta biblioteca doméstica sin antes leer en voz alta un par de poemas. A veces era Milosz, otras mis queridas Szymborska o Peri Rossi, en ocasiones el verso duro y tenso como un nervio de carne de Raymond Carver. De camino al trabajo conseguía ripiar un par de pensamientos que apuntaba en una libretita en cuanto llegaba a la oficina. Seguía algunos blogs de poetas prometedores. Abundaban en aquella época. Compraba un par de libros de poemas al mes, los leía con calma y moderación, con el temor que se siente por las cosas hermosas y volátiles que tienden a evaporarse demasiado pronto. Pálidos poetas en televisión hablaban en “prime time” de sus poemas como vacunas contra las más terribles enfermedades, como nuevos planetas de lejanas galaxias.

Hubo un tiempo, camaradas jugadores –y vosotros deberíais entenderlo mejor que nadie- que aún sentíamos el estímulo –como ya adelantara Kant- de alcanzar la humanidad elevando a categorías superiores actividades inútiles, desprovistas de finalidad. El juego. La poesía. Y entonces Borges. Siempre Borges. Explicando lo inexplicable. Dando sentido a lo que kantianamente no lo tiene.

Cuarenta naipes han desplazado a la vida.
Pintados talismanes de cartón
nos hacen olvidar nuestros destinos
y una creación risueña
va poblando el tiempo robado
con floridas travesuras
de una mitología casera.

En los lindes de la mesa
la vida de los otros se detiene.
Adentro hay un extraño país:
las aventuras del envido y quiero,
la autoridad del as de espadas,
como don Juan Manuel, omnipotente,
y el siete de oros tintineando esperanza.

Una lentitud cimarrona
va demorando las palabras
y como las alternativas del juego
se repiten y se repiten,
los jugadores de esta noche
copian antiguas bazas:
hecho que resucita un poco, muy poco,
a las generaciones de los mayores
que legaron al tiempo de Buenos Aires
los mismos versos y las mismas diabluras. 

“El truco”. Jorge Luis Borges.

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El ruido y la furia

Mañana, y mañana y mañana

Se desliza en este mezquino paso de día a día,

A la última sílaba del tiempo testimoniado: Y todos nuestros ayeres han testimoniado a los tontos El camino a la muerte polvorienta. ¡Muere, muere vela fugaz! La vida no es más que una sombra andante jugador deficiente Que apuntala y realza su hora en el escenario Y después ya no se escucha más. Es un cuento Relatado por un idiota lleno de ruido y furia,

Sin significado alguno.

Soy muchas cosas. De las que me sienta especialmente orgulloso se podrían contar con los dedos de una mano y aún me sobraría alguno para mandar a que jodieran a alguien. Soy meticuloso. A veces hasta la nausea. Por eso corté con delicadeza aquel párrafo de aquel blog antes de que se ajara en ese aire demasiado puro, lo deposité con mimo en un documento de Word y lo guardé en una carpeta de vacío llamada “blog_juegos” en uno de los muchos laboratorios clandestinos de mi ordenador con el título “el_ruido_y_la_furia”. Y esperé.

Soy paciente. No, camaradas, esta cualidad tampoco está en esa mano. Es esa clase de paciencia sumergida, silenciosa y terrible de sonrisa torcida. Para no herir sensibilidades usaré un ejemplo amable: es esa paciencia de medio vaso de bourbon y porros con la que espero de pie junto a la mesa a que R. trate inútilmente de impedir que mi sexta división de panzers rompa su patética línea de defensa americana en las Ardenas 44. Seguro que muchos de vosotros también estáis familiarizados con ese tipo de paciencia, mis amados y pequeños cainitas.

La espera ha terminado. Hoy ha llegado el momento de liberar aquel párrafo que La Ficha Negra escribió aquel 23 de noviembre de 2013. Los niveles de cadaverina y putrescina del aire son lo suficientemente altos para que aquel párrafo prospere, crezca, se reproduzca, se enrede. Está en el biotopo adecuado. Y yo también. Soy muchas cosas. También soy un ave carroñera.

¿Estáis deseando verlo, verdad? Aquí lo tienen.

Otros podrán interpretar estas líneas como una postura elitista o arrogante pero desde luego esa no es mi postura. Valoro el trabajo de todo el mundo y el esfuerzo de cualquier post, pero sí creo que iniciar la aventura de un blog y abandonarlo al cabo de equis meses no hace demasiado bien a esta afición. Lo único que consigue ese nacimiento y posterior abandono es llenar de ruido una blogosfera que, me parece, empieza a estar saturada o aburrida de nosotros.”

Decepcionados. Claro. Hoy ya ha dejado de ser una rareza. Incluso los hay de flora mucho más exuberante. Pero en el momento en el que se escribió lo era. Fue uno de los primeros brotes, de los primeros síntomas. La palabras de la Ficha Negra de aquel 23 de noviembre no eran el lánguido lamento de una doncella despechada, no era el testimonio incriminatorio ante un tribunal de guerra de un soldado al que yo –como otros muchos- abandonamos en la Colina de la Hamburguesa. Aquellas líneas eran mucho más. Anunciaban el fin de una era y el comienzo de otra nueva para el mundo de la divulgación lúdica.

He visto cosas que ahora sí creeríais. He visto foros en llamas más allá de HQ25. He visto semidioses miopes y aficionados en demasía a los phoskitos empuñar ridículos Mjolnirs de ferretería. He sufrido visiones con esos mismos martillos para las que mi siquiatra jamás hallará cura. He asistido a juicios sumarísimos y lapidaciones en directo. He visto a portales de noticias lúdicas pelear en twitter como perros salvajes por los restos de una primicia. He visto lúbricos actos de sodomía grabados en vídeo para implorar unas pocas dosis de cartón y plástico gratis. Convenceos, camaradas. Aquella hermosa Arcadia lúdica que vimos amanecer ha terminado. Comienza –martillos incluidos- el Ragnarok de los juegos de mesa. Aquellos niños que llegaron a la isla henchidos de buenos propósitos han comenzado a sembrar la arena de cabezas de cerdo empaladas. Primero el ruido. Luego la furia. No podía ser de otra manera. Benjy, Quentin, Caddy, Jason. Están todos. Asistid conmigo, camaradas, a la lenta e inexorable decadencia de nuestra querida y lúdica familia Compson.

Mapas

cartografia

Os prometo que mi primera intención al comenzar a escribir este post fue hablar de juego y estética. De Deleuze. De la belleza que encierran muchos juegos de mesa. Ello me llevó a pensar en algunos tableros de juego que alcanzarían su ser-en-potencia aristotélico en museos de arte más que sobre mesas de camilla. Tableros que me provocan lúbricas humedades en determinadas oquedades del cuerpo. Desde aquel pensamiento me trasladé mentalmente a algunos de los preciosos mapas sobre los que creamos y arruinamos imperios, sobre los que navegamos en busca de oro y fortuna, sobre los que vivimos increíbles aventuras atravesando pantanos y bosques, montañas y desiertos. Mi siguiente pensamiento fue Stannis follando salvajemente con Melisandre sobre la mesa-mapa de Poniente en Rocadragón. Los senderos de la mente son inescrutables. Los de la libido aún lo son más. Sin embargo cualquiera que hubiera conocido mi fascinación por la cartografía -y las mujeres pelirrojas- habría seguido con meridiana claridad el hilo de mis pensamientos hasta acabar espetándome: “Zagorianski, deja de engañarte, jamás te atreverías a poner en peligro la integridad estética de un mapa como ese. Aún tratándose de la sacerdotisa roja”.

Y probablemente estuviera en lo cierto. Desde niño he sentido una irresistible atracción por los mapas. En la que fue mi habitación hasta los 17 años se amontonaban sobre los estantes atlas, mapamundis y globos terráqueos. Conservo cada plano de cada ciudad que visito, colecciono tazas cartografiadas, sueño con algún día decorar las paredes de casa con gigantescas cartas náuticas de vinilo y guardo enrollado en un armario un precioso mapa antiguo en tonos sepias que por su tamaño probablemente pertenezca a un trozo de las ruinas de aquel otro del Imperio citado por Borges, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Lo curioso es que muchos de vosotros ni siquiera enarcareis una ceja de asombro o incredulidad al leer semejante disparate. Diría más: muchos de vosotros habréis apuntado en vuestra libreta de buenas ideas lo de las paredes decoradas con cartas náuticas. Incluso me atreveré a más y afirmaré que es hasta humano sentirse atraído por el arte de la cartografía. Hay algo mágico, de inexplicable y placentero embeleso en el hecho de desplegar un mapa sobre la mesa, de recorrer continentes con el dedo mientras giras el globo terráqueo que te regalaron al tomar la primera Comunión. ¿Quién de vosotros no abrió alguna vez un atlas con la sana intención de buscar un dato concreto para acabar más que perdido, abandonado al éxtasis de longitudes y latitudes? Un atlas, diría Didi-Huberman, no es  un libro de lectura que se comienza y se acaba sino un objeto que se recorre en busca de un dato preciso, pero una vez conseguido éste, se sigue, como paseando, por sus innumerables bifurcaciones. Una de sus magias es que es más que un libro de saber: es también un libro de placer. Representa el placer invisible que buscamos de forma casi inconsciente desde el comienzo de los tiempos. Es el placer de ordenar el caos. Ese placer que trata por todos los medios de poner límites al desasosiego que nos provoca todo aquello que escapa a nuestro control, que  hace que nos sintamos perdidos en un mundo definitivamente demasiado complejo, demasiado vasto y azaroso para ser controlado. Es ese cotidiano aguijonazo de placer que nos recorre la médula cuando en mitad de ciudades ignotas abrimos el google maps de nuestro teléfono de última generación (o el sencillo plano de nuestra Lonely Planet) y al caos le nacen direcciones, esquinas, plazas, avenidas, Burger Kings. Esa es la verdadera magia de los mapas. Ahí reside su auténtico poder. El que intuimos en el acto casi sagrado de extender un mapa sobre la mesa. El que sintieron, aún más vivamente si cabe, reyes, aventureros, generales, conquistadores, emperadores del pasado cuando los mapas eran verdaderos objetos de poder, valiosos secretos de Estado y se mataba, traicionaba, pagaban inmensas fortunas por su posesión y conocimiento. Tras cada milímetro de costa dibujada, tras cada centímetro trazado de río, calle, desierto, montaña, cabo, están las penurias, la denodada lucha contra los elementos, las aventuras y desventuras, la infinita curiosidad, las vidas perdidas de miles de navegantes y aventureros. Es probable que el ojo poco avezado no sea capaz de verlo, de racionalizarlo, de verbalizarlo. Pero es imposible escapar a la intuición, al sentimiento inexplicable que aparece cada vez que nos sentamos frente a esas líneas que ordenan y dan forma a la realidad, que nos han enfrentado a lo largo del tiempo como ante un espejo a nuestra visión del mundo, a nuestros sueños de viajes y aventuras y a nuestros más profundos temores. También a nuestras ensoñaciones más húmedas. Los guionistas de la HBO lo sabían. Malditos.

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Tranquilos, amantes y depravados viciosos de las listas y los top ten, no pensaba abandonaros a vuestra suerte sin haceros partícipes de mi top cinco en cuanto a mapas de juego se refiere. Obviamente esta lista responde a mi limitado conocimiento de jugador por lo que no sólo os agradecería sino que os conmino a que lubriquéis mis más obscenos sueños con otros deliciosos mapas de juego de los que tengáis conocimiento.

En el nº 5.  Virgin Queen. Los colores, la tipografía, las siluetas imperfectas de mapa de la época lo convierten en uno de mis favoritos. Podría decirse que lo compré en un arrebato de amor. Un amor -como todos los grandes amores- que exige dedicación, esfuerzo, sudor y lágrimas. E incautos. Sobre todo incautos que se dejen apresar durante horas alrededor de una mesa víctimas de la pasión de una época fascinante o en su defecto de una amistad llevada más allá de todos los límites. Juego enorme en todos los sentidos.

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En el nº 4. Merchants and Marauders. El color turquesa de las aguas del Mar Caribe es casi tangible. Acércate lo suficiente al tablero. No huele a cartón. Huele a salitre, ron, madera, fruta exótica madurando al sol, a promesa de refugio en escondidas ensenadas. Huele a rumor de increíbles tesoros esperando en las tabernas de Port Royal.

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En el nº 3. Lyssan. Probablemente no sea el tablero más práctico del mundo. Los colores son confusos y las áreas no demasiado claras, pero hablamos de arte y no de menaje de hogar. Y el arte gráfico de este mapa es sencillamente fantástico. Capaz de sumergirte por si solo en las intrigas y batallas de la Edad Media. Probablemente engrosaría mi colección de no ser porque ya cuento con estupendas opciones como Caballeros Guerreros y sobre todo Juego de Tronos. Mención especial también para el arte cartográfico de este último aunque claro… no es la mesa de madera de Stannis…

Lyssan

En el nº 2. La Guerra del anillo (edición de coleccionista). Otro de los fragmentos del mapa de Borges. Hay una palabra para definirlo: grandioso. En su día renuncié a él con el mismo entusiasmo que Bilbo a su anillo. La expresión “estar a un click de comprar algo” define perfectamente la situación en la que me hallaba una tranquila y ya lejana tarde de verano. Finalmente me decidí por su hermano pobre. De haber sucumbido a la tentación de aquella tarde de verano muy posiblemente hoy luciría en casa tal que así.

worofringwall

En el nº 1. Colonial: Europe’s Empires Overseas. No hay duda alguna. Es el mapa más bonito que jamás haya dado vida a un tablero de juego. No admite discusión. Aunque me considero de naturaleza estoica no sé cuánto tiempo más podré resistirme. Y si lo he hecho hasta ahora es porque las malas críticas al juego sólo son equiparables a la belleza de su mapa. Y ya sabéis cómo acaban estas batallas. En un lecho de plumas, sudoroso y desnudo, oliendo a sexo y cigarrillos, abrazado a las suaves costas de Ceylan, plácidamente dormido en las aguas opalinas del Golfo de Mannar y sesenta euros menos en el bolsillo.

Colonial_completo

¿Por qué

por qué

Cada día camino hasta el trabajo durante 15 minutos. Casi al inicio del trayecto, en la pared de uno de los callejones que atravieso hay un graffitti de letras irregulares que reza: “¿Por qué”. Probablemente sólo sea el comienzo de una frase más larga que capas posteriores de pintura han ido ocultado con el tiempo. Sin embargo, allí quedaron aquellas dos palabras, aquella pregunta inquietante e inexorable sobre el muro como el acertijo de un viejo guardián de la cripta. Tras él me aguardan 10 minutos de reflexión sobre alguno de los infinitos porqués de mi vida. Muchos pensaréis que es un ejercicio de meditación saludable y probablemente lo sea. No lo niego. Pero también os digo que en muchas ocasiones no es un ejercicio fácil, ni cómodo, ni particularmente esperanzador. Y si os tengo que ser totalmente sincero debo confesaros que en mis peores días procuro evitarlo y escojo un camino alternativo, algo más largo pero, sin duda, menos desazonador.

No obstante, por duro que pueda resultar a veces, conviene escrutar las motivaciones de nuestros actos con el fin de ponderarlos adecuadamente. Preguntarnos porqué hacemos esto o lo otro nos ayudaría a valorar la importancia que tienen en nuestras vidas y en consecuencia a concederles el tiempo que verdaderamente merecen, a priorizarlos o también, y aunque nos duela en ocasiones, a cambiarlos, descartarlos, olvidarlos. Llegados a este punto poner ejemplos podría ser hasta peligroso. Para todos.

Imagino que muchos de vosotros ya lo habréis adivinado. Efectivamente. En los primeros dos párrafos lo único que he hecho es llevaros hasta él. Estáis a punto de entrar en el callejón. Ha llegado el momento de elegir entre el trayecto algo más largo y tranquilizador o enfrentaros al graffitti. En serio, aún estáis a tiempo. Dad la vuelta, seguid por aquella calle amplia y luminosa y todo esto sólo habrá sido una mala lectura ¿Estáis seguros? Bien, entonces seguidme. Es por aquí, justo al doblar aquella esquina…

¿Por qué jugamos?

Oh, no, no… No me vale ese “porque me divierte”, ni aquel otro “porque lo paso bien”. Nada de triturar ese “¿Por qué” y aplicarlo como crema con olor a hoja de eucalipto sobre el pecho. Coged vuestras navajas, afilad bien las esquinas y bordes de ese “¿Por qué” hasta que se hunda con facilidad en vuestra carne, bien profundo… hasta que duela.

Eso está mucho mejor. Aún así, yo que he transitado más veces por este callejón, os ayudaré un poco. Pensad, por ejemplo, en ese jefe que os putea cada día de la semana, en ese trabajo que nunca llegasteis a elegir del todo o que en este momento ni siquiera podéis elegir, en esa hipoteca que os quita el sueño cada fin de mes, en la mujer u hombre que descansa cada noche a vuestro lado y que ya no amáis, pensad en todos esos sueños que se han ido perdiendo con los años y que probablemente ya jamás volveréis a encontrar, en esa pequeña opresión en el pecho que os impide respirar con normalidad y que no os atrevéis a consultar con el médico, en esa -más o menos fugaz- sensación de vacío que os asalta algunas mañanas cuando os miráis al espejo…

Ya os advertí de que no sería fácil. El callejón casi siempre te conduce a verdades tan descarnadas como esta:

Jugamos para combatir nuestra cotidiana infelicidad.

El tiempo de juego es una pequeña llama que hace retroceder la oscuridad a nuestro alrededor, el juego funde la realidad que nos acecha en una sustancia sin tiempo ni espacio, liviana y gozosa, que se adhiere a nuestro cerebro creando reductos luminosos que nos aíslan de las sombras de infelicidad exterior y a los que siempre podemos volver cuando el frío y el viento azoten las ventanas.

Contaba Jorge Amado, famoso escritor brasileño, en uno de sus relatos, que existía en Tiflis un cementerio donde el tiempo de vida de los fallecidos no coincidía con el tiempo –sensiblemente superior- transcurrido entre las fechas de nacimiento y muerte reflejadas en sus lápidas. Intrigado por la reiteración de errores se dirigió a uno de los sepultureros a lo que este le respondió: “sólo vivimos el tiempo en que somos felices, sólo vivimos el tiempo en el que amamos”. Y yo añado: juguemos, camaradas, juguemos, arrebatémosle a la vida momentos de felicidad. Qué nadie pueda decir, una vez muertos, frente a nuestra lápida, lo poco que vivimos.

La Pasión

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Aquellos juegos de mesa se fueron extinguiendo a medida que me adentraba en el laberinto en blanco y negro de 64 escaques. No fue algo premeditado, simplemente acabó devorándolos, como hizo después con otras muchas cosas, como habitualmente hacen las pasiones que son demasiado grandes.

Recuerdo perfectamente el día que aprendí a jugar al ajedrez. Yo era uno de esos niños que se quedaban a comer en el colegio a mediodía. De los que envidiaban el fresco olor a agua de colonia que traían a las 3 los niños que volvían recién peinados de sus casas a la escuela tras la comida. La lluvia de una de aquellas tardes hizo que me refugiara en la biblioteca. Allí, sentados frente a frente, en silencio, unos cuantos chicos mayores jugaban al ajedrez. Atraído por la curiosidad, cogí una silla, me senté junto a  una mesa y estuve observándolos jugar hasta la hora de entrar a clase.  Si el hombre que soy hoy nunca ha sido inmune a la belleza imaginad a un niño de nueve años contemplando aquellos ejércitos de la luz y las sombras esculpidos en madera sobre un precioso campo de batalla a cuadros negros y blancos. Entenderéis que me enamorara perdidamente. Y que poco más tarde me enamorara también del juego. De esa sensación de poder que sólo puede darte un caballo sobre una colina mientras ordenas a la Guardia Imperial que ataque el flanco derecho enemigo o un caballo de madera barnizado dando jaque doble a los reyes rivales. De la indescriptible emoción de ver reflejado, paso a paso, movimiento a movimiento en un campo de batalla, sobre un tablero, el astuto plan que antes habías diseñado sobre el mapa de tu mente para dar muerte al rey enemigo. De que tus oponentes te temieran como se temía a un gran general cuando se sentaban al otro extremo del tablero. De que los compañeros hablaran de tus hazañas, de aquella brillante combinación de alfil y caballo que desarmó la defensa rival. Imaginad de nuevo a aquel niño de 9 años con cierto talento para mover ejércitos sobre un tablero en mitad de ese mundo y entenderéis cuánto llegué a amar el juego. Durante muchos años se convirtió en una parte importante de mi vida. Pensaba ajedrez, leía ajedrez, escribía ajedrez, estudiaba ajedrez. Y jugaba, jugaba, jugaba. Jugaba obsesivamente. En poco tiempo me convertí en un jugador respetado. Desde los 9 a los 12 años gané con cierta facilidad campeonatos escolares y regionales en los que me enfrentaba a niños de edades parecidas a la mía. Fue entonces cuando decidieron que era el momento de sacar al aguerrido pececito de su pecera y echarlo al mar. A un mar infestado de experimentados tiburones.

Siempre he dicho que el ajedrez es como una lanceta de modelar. Pocos juegos – el póker tal vez sea uno de ellos- son capaces de labrar tu carácter de esa forma. El juego te hace. El juego te erosiona. Obviamente no es algo de lo que te des cuenta inmediatamente. Hace falta alejarte de él, tomar la suficiente distancia, reflexionar el tiempo necesario para darte cuenta de ello. De aquel jugador de 9 años amante del juego abierto de ataque y de las combinaciones imaginativas y arriesgadas a aquel jugador veinteañero de juego conservador y defensivo hay un largo camino. Y ambos, el jugador y el hombre lo recorrieron juntos de la mano. Imposible que el uno no influenciara al otro. Lo habréis oído en decenas de ocasiones y no por ello deja de ser menos cierto: vives como juegas.

Hay un día que todo jugador de ajedrez teme: el día en el que es plenamente consciente de su mediocridad. Yo lo supe casi inmediatamente. En cuanto comencé a nadar en ese despiadado mar de tiburones hambrientos. Mi brillante juego de pecera era vulgar en aquel océano repleto de temibles depredadores. Aún ganaba partidas, claro, en mar abierto siempre encuentras peces más pequeños, pero también empecé a perderlas. Con insufrible asiduidad. No estaba acostumbrado a perder, a no disfrutar de las partidas, a que el contrario, una vez acabado el juego, señalara mis errores con odiosa indulgencia. Pero sobre todo no soportaba perder. Fue mi aversión a la derrota, el orgullo herido, lo que me llevó poco a poco a transformar mi juego. Ya que no podía ganar, iba a convertirme en alguien terriblemente difícil de derrotar. Y así fue. Me esforcé en estudiar posiciones de defensa sólidas, reduje los riesgos al mínimo, horadé el ánimo de mis oponentes con un juego tan fortificado como falto de brillantez. Me convertí en un competidor feroz al que resultaba complicado arrancarle victorias y con el que era bastante fácil acordar tablas. Aún hoy, a la hora de tomar decisiones en mi vida cotidiana, me sorprendo actuando como aquel jugador de ajedrez. Se trata de no perder. La victoria poco importa. El ajedrez como el viento y el agua erosionando durante años mi carácter.

Sin saber cómo fui perdiendo la antigua pasión por el juego. Pero la respuesta era muy sencilla. En ese proceso de transformación al que me había arrastrado mi orgullo había perdido también aquel juego abierto de ataque con el que tanto disfruté de niño y que tan feliz me había hecho, aquel que hacía de cada partida una gesta épica y emocionante. Perdí su belleza. Y el amor se acabó. Lo dejé. Lo dejamos. No he vuelto a jugar una partida desde entonces. De cuando en cuando me cruzo con algún artículo especializado y me resulta inevitable no leerlo, como inevitable me resulta no volver la vista hacia el tablero que comparten dos ancianos en un parque o dos amigos en una peluquería de barrio a través del escaparate. Los grandes amores nunca se olvidan.

La vía de la verdad

azar

Pasará aún algo de tiempo antes de que podáis leer sobre el penúltimo “cállate y toma mi dinero” del mercado lúdico, probablemente más tiempo antes de encerrarme en el laboratorio y calcular el peso atómico del plástico del próximo juego de FFG e indefectiblemente mucho más tiempo antes de vestir el hábito de amanuense franciscano que copia con infinita paciencia reglamentos de juegos en el blog. Lo lamento. “El jugador” no será ese tipo de blog. Y no porque no considere ese tipo de contenidos como necesarios o útiles –no hace falta reseñar aquí el éxito de todos esos blogs y ya sabemos cómo el éxito tiende a repetir paradigmas – sino porque no sé realmente qué de nuevo u original podría aportar yo a esos contenidos. Esta bitácora no es más que el lugar de mi catarsis como jugador que redescubre de repente la pasión y el placer del juego, y su metafísica, entendida esta en el sentido puramente etimológico del término como “más allá de su naturaleza”. Y es el lugar de mi lúbrica, obscena, lujuriosa obsesión por la diosa fortuna. Sí, mis queridos camaradas, habrá suerte. Mucha suerte. Y azar. También azar. Tanto que, una vez a salvo, nadie en su sano juicio trataría de tomarse en serio esta vida, este blog, este jodido y apasionante juego.

(Bravo, Zagorianski, ya en tu segunda entrada acabas de perder como lectores a la legión de sesudos jugadores de Caylus. A eso se le llama empezar con buen pie).

El Talismán de Proust

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[…]Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray […]

Muchos de vosotros reconoceréis el fragmento. Aquel inmortal en el que el narrador de “Por el camino de Swann” evoca vívidamente instantes de su infancia al comer una magdalena mojada en té asociando su sabor, su aroma, su textura a aquellas otras que, cuando era niño, su tía Leoncia le ofrecía cuando entraba en su cuarto los domingos por la mañana antes de ir a la iglesia.

Todos los que ya rebasamos ampliamente la edad de la inocencia hemos experimentado alguna vez esa sensación. Pudo provocarla el intenso olor de la loción de afeitado de un anciano que nos cruzamos en un paso de peatones, el sabor de los tomates que la dueña de una casa rural nos ofrece como desayuno en un remoto pueblecito del sur o la textura de la luz de un atardecer durante un paseo por la montaña. Puede ocurrirte en cualquier momento. Puede desencadenarlo casi cualquier cosa. Yo volví a morder de la famosa magdalena hará cosa de dos años. Fue una tarde frente al televisor, viendo a cuatro amigos charlando de forma desenfadada sobre la vida alrededor de un tablero de Talismán.  Duró lo que dura un grito, fue tan intenso y fugaz como el resplandor de un disparo en la oscuridad iluminando nítidamente la casa blanca bajo la canícula del mediodía, la fragancia casi amarga de los tres rosales del pequeño jardín delantero, el frescor del suelo de mármol bajo los pies, del cristal de la mesa redonda en los brazos desnudos y tostados por el sol, el azul intenso del cielo de las infinitas mañanas del verano, la textura sedosa del polvo de las aceras adherido a las cartas en las yemas de los dedos, el cosquilleo de las burbujas de la coca-cola helada en la lengua, los mapas de cartón de mundos tan reales que cuanto ocurría sobre los mismos henchía el corazón de gozo o de pesadumbre y por encima de todo las risas, las burlas, las aterradoras amenazas, la tensa e inigualable sensación en la boca del estómago ante la inminente victoria, la camaradería, las sorpresivas tetas de la vecina de la calle de atrás, el último capítulo del coche fantástico, Maradona dejando en el camino a tanto inglés, el este turno por mi y el próximo por ti, las torpes traiciones, el rumor apagado de los dados entre las manos, la sutil tentación del engaño y la trampa, el continuo espacio-tiempo derritiéndose a nuestro alrededor, todo eso, amigos y juegos, que va tomando forma y consistencia, salía de las imágenes de aquel televisor.

Aquellos recuerdos me reconfortaron de tal modo que tras unas pocas pesquisas en internet para averiguar el nombre del juego al que jugaban aquellos cuatro amigos de la serie de televisión, salí a la calle, busqué una tienda cercana y compré un flamante Talismán. Subí a casa portando aquella caja y en esta ocasión fue el peso, la geometría de aristas y volúmenes lo que trajo de nuevo el grito, el fogonazo y Navidades, cumpleaños, días de Reyes, sobresalientes en matemáticas desfilaron en mi memoria… Retiré con cuidado el fino plástico protector, abrí lentamente la caja y una vaharada de olor a cartón y plástico vírgenes me los devolvió a todos de un golpe: Heroquest, Dagón, Trivial, Palé, Hotel, Imperio Cobra, Monopoli, Risk, La ruta del tesoro, Marco Polo, Misterio, Sinaí, Embrujada, El cetro de Yarek, La maldición del templo de Cristal, Alerta Roja, Lepanto…

No recuerdo con exactitud cuándo se perdió aquel jugador. Sí recuerdo el laberinto en blanco y negro y 64 escaques en el que debió extraviarse. Tuvo que ser Proust encarnado en los dedos huesudos de Sheldon Cooper moviendo a su troll por un tablero rectangular quien lo hallara de nuevo.